domingo, 18 de enero de 2009

A la busca de un final lírico (128)

También en esa época de su adolescencia lo que su memoria evocará en su vejez serán sus lecturas. En Colón conoció al esposo de una prima de su padre, un hombre gordo como un tonel que pasaba buena parte de su vida tendido en una cama, leyendo (como Onetti en sus últimos años). Tenía una colección completa de Fantomas. Onetti cuenta -exagerando, sin duda, como hacen siempre los fabuladores- que debía recorrer a pie cinco kilómetros para ir a verlo (y otros tantos de regreso a casa), ya que aquél pariente sólo le prestaba, cada vez, apenas un volumen de la serie. Dice que, aguijoneado por el apetito lector, llegó a hacer el recorrido hasta dos veces en el mismo día. Y que, cuando alcanzó el tomo último, descubrió un aviso según el cual "Estas aventuras continúan en las aventuras de la hija de Fantomas", que nunca llegó a ver ni supo si aparecieron...

... Los últimos años de su vida, en Madrid, Juan Carlos Onetti los pasó acostado. No porque estuviera enfermo, pue, pese a las grandes cantidades de alcohol que había consumido en su vida y a los achaques naturales de la edad, se conservó bastante bien hasta el final, de cuerpo y de espíritu. Más bien por desinterés, desidia, una cierta abulia vital y esa neurosis pasiva que cultivó toda su vida ahora acrecentada por la vejez. Se levantaba y salía alguna vez, desde luego, pero era algo excepcional en una rutina cotidiana que por lo general transcurría en su piso madrileño, él en pijama, la barba crecida y los ralos cabellos revueltos, tumbado en la cama, leyendo novelas policiales y el vaso de whisky siempre en la mano.

Mario Vargas LLosa. El viaje a la ficción.



Los tumbados: una estirpe en extinción
. Y esto también.
La entrevista.
Un recuerdo.

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