domingo, 12 de abril de 2009

Visiones

LAS ANTÍPODAS. Por antípodas se entiende lo diametralmente opuesto a otro lugar, y los habitantes de tal zona serían los antípodas, gente completamente diferente a la conocida.
Esta cuestión de las antípodas fue también muy discutida en los tiempos antiguos, encontradas nuevas tierras situadas en lugares opuestos a los conocidos, se hablará de América como lo desconocido, lo antitético, ¿eran también sus habitantes antípodas de los hombres conocidos?

Sobre este interrogante responde Acosta:
Pero ya que se sabe que hay tierra a la parte del sur o polo antártico, resta ver si hay en ella hombres que la habiten, que fue en tiempos pasados una cuestión muy reñida. Lactancio Firmiano (240-320 d.C.), y San Agustín hacen gran donaire de los que afirman haber antípodas, que quiere decir hombres que traen sus pies contrarios a los nuestros” (Loc. cit.).

Para Lactancio y Agustín esto es “cosa de burla” aunque darán razones y motivos distintos para negar las antípodas. Lactancio, expresa la opinión vulgar, que provenía de imaginar el cielo redondo, y Acosta la transcribe diciendo:
“…Lactancio vase con el vulgo, pareciéndole cosa de risa decir que el cielo está en torno por todas partes, y tierra está en medio, rodeada de él como una pelota; y así escribe en esta manera: ¿Qué camino lleva lo que algunos quieren decir, que hay antípodas, que ponen sus pisadas contrarias a las nuestras? ¿Por ventura hay hombre tan tonto que crea haber gentes que andan los pies arriba y la cabeza abajo? ¿y que las cosas que acá están asentadas, estén allá trastornadas colgando? ¿y que los árboles y los panes crecen allá abajo? ¿y que las lluvias y la nieve y el granizo suben a la tierra hacia arriba? y después de otras palabras añade Lactancio aquestas: El imaginar al cielo redondo fue causa de inventar estos hombres antípodas colgados del aire. Y así, no tengo más que decir de tales filósofos, sino que en errando una vez, porfían en sus disparates, defendiendo los unos con los otros. Hasta aquí son palabras de Lactancio” (Ibid.: 14).

Después de esta trascripción de Lactancio, Acosta va a negar toda argumentación disparatada sobre las antípodas, ya que desde su experiencia americana: “Más por más que él diga, nosotros que habitamos al presente en la parte del mundo, que responde en contrario de la Asia, y somos sus antíctonos, como los cosmógrafos hablan, ni nos vemos andar colgando, ni que andemos las cabezas abajo y los pies arriba” (Loc. cit.).

Sobre los términos que señalaron al mundo los antiguos, dice Acosta, que fue tradición generalizada “por los libros de los poetas, y de los historiadores, y de los cosmógrafos antiguos, el fin y términos de la tierra se ponen en Cádiz, la de nuestra España; allí fabrican las columnas de Hércules, allí encierran los términos del imperio romano, allí pintan los fines del mundo.” (Ibid.: 16)

Igualmente la Escritura llama: “todo el mundo a la mayor parte del mundo, que hasta entonces estaba descubierto y conocido. Ni el otro mar de la India, ni este otro de la occidental, entendieron los antiguos que se pudiese navegar, y en esto concordaron generalmente.” (Loc. cit.)

Concluye Acosta que: “Plinio, como cosa llana y cierta, escribe: Los mares que atajan la tierra nos quitan de la tierra habitable la mitad por medio, porque ni de acá se puede pasar allá,ni de allá venir acá. Esto mismo sintieron Tulio y Macrobio, y Pomponio Mela, y finalmente fue el común parecer de los escritores antiguos.” (Loc. cit.)

Acosta resumiendo lo dicho expresa: “queda que los antiguos o no creyeron haber hombres pasado el trópico de Cancro, como San Agustín y Lactancio sintieron, o que si había hombres, a lo menos no habitaban entre los trópicos, como lo afirman Aristóteles y Plinio, y antes que ellos, Parménides filósofo. Ser de otra suerte lo uno y lo otro, ya está asaz averiguado” (Ibid.: 19) –en nuestro siglo–.

Pasa Acosta a referirse a los filósofos que negaron la existencia del Nuevo Mundo y explica, los múltiples motivos por los que fueron engañados.

Fuente.

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