miércoles, 6 de mayo de 2009

A la busca de un final lírico (y 149)


Elisenda tenía la piel, o sea, la cara, las pantorrillas -los tobillos traslúcidos-, los brazos -sus axilas despedían luz, en esos momentos descuidados en que señalaba algo con el dedo, hacía alguna broma, o se ponía la chaqueta-, la sonrisa, lo tenía todo tan arrebatadoramente blanco como la memoria de los que están muriéndose. Lo sé, aquí hay una especulación, aquí hay un misterio. Pero lo cierto es que Elisenda se pasaba los días escribiendo monografías. Madrugaba como todos los trabajadores de este país, desayunaba frugalmente fruta, leche de cabra, era rarita, y salía despavorida de su casa a darse una vuelta de tres kilómetros. Como salía muy abrigada a hacer sus corredurías, volvía empapada de sudor, no sé, quizá olía a blanco, se desvestía a toda velocidad, echaba la ropa a la lavadora -que ponía- y se iba descopetada hacia la ducha. Cuando acababa se sentía otra mujer, más blanca que nunca. Se secaba con una minuciosidad tremenda, no dejaba ninguna parte de su cuerpo sin frotar. Previamente, en la ducha, se embadurnaba de espuma, a veces aprovechaba para depilarse de blancura, que no sé lo que es. Se vestía a conciencia: medias, ligueros, bragas con encajes -odiaba el tanga-, camisas de esto, pantalones o faldas de lo otro, todo encajaba de maravilla. Hasta le daba tiempo de encremarse adecuadamente. Siempre se pintaba los labios mientras esperaba el ascensor. En este momento encendía el móvil. En ese momento salía, preparadísima, hacia su despacho/despecho, con todo su ser entregado a la tarea ardua de la escritura de ensayos concentrados, de píldoras de pensamiento blanco, purísimo, depilado.

Lo confieso, yo amaba a Elisenda.

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