sábado, 30 de mayo de 2009

En busca de un final lírico (155)

«Por mucho que sepamos –me explicó en cierta ocasión–, siempre será más lo que ignoramos que lo que conocemos. Por eso, con frecuencia, en la leyenda hay más verdad que en la historia. Y en la poesía, más que en la ciencia –añadió con una sonrisa irónica y cómplice–, salvo que esa ciencia, claro está, sea una de las formas de la poesía, como ocurre con la física teórica, que cuanta más luz proyecta sobre el origen del universo más misterio añade».

Palabras de Claudio Rodríguez, recogidas por Luis García Jambrina.
Éste llega a afirmar que la poesía
de Claudio Rodríguez es, en buena medida, el resultado de un «exceso de
infancia»

«Yo no creo que la infancia se pierda –solía decir Claudio Rodríguez–. Y no estoy hablando de la nostalgia del paraíso perdido, de la inocencia perdida, que tantos poetas han cantado. La infancia es, para mí, algo perenne y duradero, vital y vitalicio».

«La creación –llegó a decir, en una ocasión– comienza con la mirada. Mirar es ya de por sí una operación creadora o configuradora».

«A mi me encanta mirar –me dijo en una ocasión–, disfruto mucho viendo a la gente trabajar, viendo cómo se hacen las cosas. ¿Te has fijado en que hoy en día ya sólo nos relacionamos con el objeto “acabado”, que ya no lo vemos hacer? Un campesino de Zamora me dijo un día que la paciencia se aprende y ejercita mirando crecer las plantas. Yo puedo tirarme horas y horas contemplando cualquier actividad o la quietud de las cosas cotidianas, no sólo la naturaleza».

Según parece, Claudio Rodríguez no llegó a conocer con exactitud la verdadera gravedad de dolencia, y, sin embargo, parece que intuía, de alguna manera, la proximidad de la muerte. De ahí ese aire de despedida que se respiraba en las últimas conversaciones con sus amigos, y de ahí también su obsesión por terminar el nuevo libro que se traía entre manos. «La verdad es que necesito tiempo» –comentaba con frecuencia. Cuando pienso en Claudio en tales circunstancias, se me vienen a la cabeza las palabras que Miguel de Cervantes escribió, cuatro días antes de morir, en la dedicatoria y en el prólogo de su Persiles y Sigismunda, publicado ya póstumamente. Son esas mismas palabras que, según he oído, Rafael Sánchez Ferlosio no puede leer, y ahora comprendo por qué, sin lágrimas en los ojos. Dicen así: «Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir [...]. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos [...]. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del jardín, y del famoso Bernardo. Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea». Y luego exclama al final del prólogo: «¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!»

Fuente.

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