martes, 30 de marzo de 2010

En busca de un final lírico (191)

Pándaro

Huíamos y al huir encontrábamos la muerte. Lo peor llegó cuando apareció Diomedes, el hijo de Tideo, en el centro mismo de la contienda. Diomedes, valeroso príncipe aqueo: las armas refulgían sobre sus hombros y su cabeza brillaba como brilla el astro de otoño surgiendo del océano. Había bajado del carro y se movía con furia en la llanura, igual que un torrente desbordado por las lluvias. Ni siquiera podíamos saber si estaba entre los aqueos o entre nosotros, los tróyanos: era un río que había roto los márgenes y corría velozmente destruyéndolo todo a su paso. Nada parecía detenerlo: lo veía combatir y era como si un dios hubiera decidido combatir a su lado. Entonces cogí mi arco, una vez más. Tensé el nervio de buey, con todas mis fuerzas, y disparé. Le dí de lleno en el hombro derecho, sobre la hoja de la coraza. La flecha entró en la carne y la traspasó de parte a parte. Su coraza se manchó de sangre. Yo grité: «¡Al ataque, troyanos, Diomedes está herido, le he dado!» Pero vi que no se doblegaba, que no caía. Hizo que uno de sus compañeros le arrancara la flecha del hombro: su sangre salpicó la coraza y por doquier. Y luego lo vi regresar a la contienda, para buscarme: como un león que, al ser herido, no muere sino que, por el contrario, triplica su furia. Se lanzó sobre los troyanos como sobre un rebaño de ovejas aterrorizadas. Lo vi matar a Astínoo y a Hipirón: al primero le clavó la lanza en el pecho, al segundo le cortó un brazo con la espada. Ni siquiera se detuvo para recoger sus armas y se puso a perseguir a Abante y Poliído. Eran los dos hijos de Euridamante, un viejo que sabía interpretar los sueños: pero no supo leer los de sus hijos, el día en que partieron, y Diomedes a ambos aniquiló. Lo vi correr hacia Janto y Toón, los únicos hijos que tenía el viejo Fénope: Diomedes se los arrebató, dejándolo sólo con sus lágrimas y su luto. Lo vi abatir a Equemón y Cronio, hijos de Príamo. Se lanzó contra su carro como los leones se abalanzan sobre los toros para destrozarles el cuello, y los mató.
Fue en ese momento cuando Eneas vino en mi busca. «Pándaro», me dijo, «¿dónde está tu arco?, ¿y tus flechas aladas?, ¿y tu fama? ¿Has visto a ese hombre que se lanza con furia en la disputa, matando a todos nuestros héroes? Tal vez es un dios irritado con nosotros. Coge una flecha y clávasela como sólo tú eres capaz.» «No sé si es un dios», respondí. «Pero ese yelmo empenachado, el escudo y esos caballos yo los conozco: son del hijo de Tideo, Diomedes. Yo ya le he disparado una flecha, pero se le ha clavado en el hombro y él ha vuelto a luchar. Creía que lo había matado y en cambio... Este maldito arco mío hace correr la sangre de los aqueos, pero no los aniquila. Y yo no tengo caballos, ni carro al que subirme para combatir.» Entonces Eneas me dijo: «Luchemos juntos. Sube a mi carro, coge las riendas y la fusta y llévame cerca de Diomedes. Yo bajaré del carro para batirme con él.» «Coge tú las riendas», le respondí. «En caso de que nos viéramos obligados a huir, los caballos nos alejarán más veloces si es tu voz la que los guía. Lleva tú el carro y déjanos a mí y a mi lanza la tarea de combatir.» De este modo subimos al carro resplandeciente y, llenos de furor, lanzamos los veloces caballos contra Diomedes. Eran los mejores caballos que nunca se habían visto bajo la luz del sol: pertenecían a una estirpe que el mismo Zeus había creado para hacerle una ofrenda a Troo. En el campo de batalla, causaban terror. Pero Diomedes no se asustó. Nos vio llegar y no huyó. Cuando estuvimos frente a él, le grité: «Diomedes, hijo de Tideo, no te ha doblegado mi flecha veloz, mi dardo amargo. Entonces te doblegará mi lanza.» Y se la arrojé. Vi la punta de bronce traspasarle el escudo y darle en la coraza. Entonces volví a gritar: «He vencido, Diomedes, te he dado en el vientre, te he traspasado de lado a lado.» Pero él, sin miedo, me dijo: «Crees que me has dado, pero has fallado el tiro. Y ahora no saldrás vivo de aquí.» Levantó su lanza y la arrojó. La punta de bronce entró cerca del ojo, pasó a través de los dientes blancos, cortó la lengua limpiamente, por la base, y salió por el cuello. Y yo caí del carro -yo, un héroe- y resonaron sobre mí las armas resplandecientes, brillantes. La última cosa de la que guardo recuerdo son los veloces, terribles caballos corcoveando de lado, nerviosos. Luego la fuerza me abandonó y, con ella, la vida.

Alessandro Baricco: Homero, La Ilíada

Eneas

La punta de bronce entró cerca del ojo, pasó a través de los dientes blancos, cortó la lengua limpiamente, por la base, y salió por el cuello. Cayó Pándaro, el héroe, y resonaron sobre él las armas resplandecientes, brillantes. La fuerza lo abandonó y, con ella, la vida. Sabía que tenía que llevármelo de allí, que no debía permitir que los aqueos se quedaran con su cuerpo y sus armas. De manera que salté del carro y me quedé de pie, junto a él, sujetando la lanza y el escudo, y gritando contra todos los que se acercaban. Me encontré frente a Diomedes. Hizo algo increíble. Levantó en vilo una piedra que ni dos hombres juntos, lo juro, podrían haber levantado. Y, pese a todo, él lo hizo, la levantó sobre su cabeza y la tiró contra mí. Me golpeó en la cadera, donde el muslo se curva. La piedra cortante me sajó la piel y me seccionó los tendones. Caí de rodillas, apoyé una mano en el suelo, sentí una noche tenebrosa descender sobre mis ojos y de pronto descubrí cuál iba a ser mi destino: no morir nunca.

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