jueves, 11 de marzo de 2010

“Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?Nihil ne te nocturnum praesidium Palati, nihil urbis vigiliae, nihil timor populi, nihil concursus bonorum omnium, nihil hic munitissimus habendi senatus locus, nihil horum ora voltusque moverunt?.”!

O sea:
“¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Cuándo nos veremos libres de tus insidias? ¿A qué extremos te arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la guardia nocturna del Palatino, ni la vigilancia diurna de la Ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este lugar donde se reúne el Senado, ni las frases y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves que tu conjura fracasa por conocerla ya todos? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que has hecho anoche y antes de anoche; dónde estuviste, a quiénes convocaste y qué resolviste?

¡Oh qué tiempos! ¡Qué costumbres! ¡El Senado sabe todo esto, lo ve el cónsul y sin embargo Catilina vive! ¿Qué digo vive? Hasta viene al Senado y toma parte en sus acuerdos, mientras que con la mirada anota a aquellos a quienes asigna la muerte. ¡Y nosotros, hombres fuertes, creemos satisfacer a la República, previniendo los consecuencias de su furor y de su espada! Hace tiempo, Catilina, que por orden del Cónsul debiste ser llevado al suplicio para sufrir la misma suerte que contra todos nosotros maquinas...” .

Marco Tulio Cicerón

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