miércoles, 31 de marzo de 2010

martes, 30 de marzo de 2010

En busca de un final lírico (191)

Pándaro

Huíamos y al huir encontrábamos la muerte. Lo peor llegó cuando apareció Diomedes, el hijo de Tideo, en el centro mismo de la contienda. Diomedes, valeroso príncipe aqueo: las armas refulgían sobre sus hombros y su cabeza brillaba como brilla el astro de otoño surgiendo del océano. Había bajado del carro y se movía con furia en la llanura, igual que un torrente desbordado por las lluvias. Ni siquiera podíamos saber si estaba entre los aqueos o entre nosotros, los tróyanos: era un río que había roto los márgenes y corría velozmente destruyéndolo todo a su paso. Nada parecía detenerlo: lo veía combatir y era como si un dios hubiera decidido combatir a su lado. Entonces cogí mi arco, una vez más. Tensé el nervio de buey, con todas mis fuerzas, y disparé. Le dí de lleno en el hombro derecho, sobre la hoja de la coraza. La flecha entró en la carne y la traspasó de parte a parte. Su coraza se manchó de sangre. Yo grité: «¡Al ataque, troyanos, Diomedes está herido, le he dado!» Pero vi que no se doblegaba, que no caía. Hizo que uno de sus compañeros le arrancara la flecha del hombro: su sangre salpicó la coraza y por doquier. Y luego lo vi regresar a la contienda, para buscarme: como un león que, al ser herido, no muere sino que, por el contrario, triplica su furia. Se lanzó sobre los troyanos como sobre un rebaño de ovejas aterrorizadas. Lo vi matar a Astínoo y a Hipirón: al primero le clavó la lanza en el pecho, al segundo le cortó un brazo con la espada. Ni siquiera se detuvo para recoger sus armas y se puso a perseguir a Abante y Poliído. Eran los dos hijos de Euridamante, un viejo que sabía interpretar los sueños: pero no supo leer los de sus hijos, el día en que partieron, y Diomedes a ambos aniquiló. Lo vi correr hacia Janto y Toón, los únicos hijos que tenía el viejo Fénope: Diomedes se los arrebató, dejándolo sólo con sus lágrimas y su luto. Lo vi abatir a Equemón y Cronio, hijos de Príamo. Se lanzó contra su carro como los leones se abalanzan sobre los toros para destrozarles el cuello, y los mató.
Fue en ese momento cuando Eneas vino en mi busca. «Pándaro», me dijo, «¿dónde está tu arco?, ¿y tus flechas aladas?, ¿y tu fama? ¿Has visto a ese hombre que se lanza con furia en la disputa, matando a todos nuestros héroes? Tal vez es un dios irritado con nosotros. Coge una flecha y clávasela como sólo tú eres capaz.» «No sé si es un dios», respondí. «Pero ese yelmo empenachado, el escudo y esos caballos yo los conozco: son del hijo de Tideo, Diomedes. Yo ya le he disparado una flecha, pero se le ha clavado en el hombro y él ha vuelto a luchar. Creía que lo había matado y en cambio... Este maldito arco mío hace correr la sangre de los aqueos, pero no los aniquila. Y yo no tengo caballos, ni carro al que subirme para combatir.» Entonces Eneas me dijo: «Luchemos juntos. Sube a mi carro, coge las riendas y la fusta y llévame cerca de Diomedes. Yo bajaré del carro para batirme con él.» «Coge tú las riendas», le respondí. «En caso de que nos viéramos obligados a huir, los caballos nos alejarán más veloces si es tu voz la que los guía. Lleva tú el carro y déjanos a mí y a mi lanza la tarea de combatir.» De este modo subimos al carro resplandeciente y, llenos de furor, lanzamos los veloces caballos contra Diomedes. Eran los mejores caballos que nunca se habían visto bajo la luz del sol: pertenecían a una estirpe que el mismo Zeus había creado para hacerle una ofrenda a Troo. En el campo de batalla, causaban terror. Pero Diomedes no se asustó. Nos vio llegar y no huyó. Cuando estuvimos frente a él, le grité: «Diomedes, hijo de Tideo, no te ha doblegado mi flecha veloz, mi dardo amargo. Entonces te doblegará mi lanza.» Y se la arrojé. Vi la punta de bronce traspasarle el escudo y darle en la coraza. Entonces volví a gritar: «He vencido, Diomedes, te he dado en el vientre, te he traspasado de lado a lado.» Pero él, sin miedo, me dijo: «Crees que me has dado, pero has fallado el tiro. Y ahora no saldrás vivo de aquí.» Levantó su lanza y la arrojó. La punta de bronce entró cerca del ojo, pasó a través de los dientes blancos, cortó la lengua limpiamente, por la base, y salió por el cuello. Y yo caí del carro -yo, un héroe- y resonaron sobre mí las armas resplandecientes, brillantes. La última cosa de la que guardo recuerdo son los veloces, terribles caballos corcoveando de lado, nerviosos. Luego la fuerza me abandonó y, con ella, la vida.

Alessandro Baricco: Homero, La Ilíada

Eneas

La punta de bronce entró cerca del ojo, pasó a través de los dientes blancos, cortó la lengua limpiamente, por la base, y salió por el cuello. Cayó Pándaro, el héroe, y resonaron sobre él las armas resplandecientes, brillantes. La fuerza lo abandonó y, con ella, la vida. Sabía que tenía que llevármelo de allí, que no debía permitir que los aqueos se quedaran con su cuerpo y sus armas. De manera que salté del carro y me quedé de pie, junto a él, sujetando la lanza y el escudo, y gritando contra todos los que se acercaban. Me encontré frente a Diomedes. Hizo algo increíble. Levantó en vilo una piedra que ni dos hombres juntos, lo juro, podrían haber levantado. Y, pese a todo, él lo hizo, la levantó sobre su cabeza y la tiró contra mí. Me golpeó en la cadera, donde el muslo se curva. La piedra cortante me sajó la piel y me seccionó los tendones. Caí de rodillas, apoyé una mano en el suelo, sentí una noche tenebrosa descender sobre mis ojos y de pronto descubrí cuál iba a ser mi destino: no morir nunca.

lunes, 29 de marzo de 2010

lunes, 22 de marzo de 2010

Flemoncita

Yo tuve, hace ya un cierto tiempo, una novia que se pasó varios días con un flemón. Su cara se desequilibró un poco. Adquirió un ambiguo aire cubista. Pero nunca perdió su buen humor, ni siquiera cuando me comprometí solemnemente a cuidarlo con la abnegación infinita de un converso.
Le acariciaba su flemón con la misma dulzura con la que un pervertido acaricia la chepa de un amigo. Nunca he estado más orgulloso que aquella tarde lluviosa de domingo mientras paseábamos bajo los soportales de la plaza. Entramos en una cafetería a tomar un chocolate con churros. Yo le pringaba los churros lentamente y ella los iba masticando con dolor, también lentamente.
Pese a sus reparos, nos seguimos morreando, con mucha lengua y con mucha saliva, bajo los soportales. A ella le incomodaba un poco, eso se notaba a veces. Aunque disimulaba muy bien. Me encantaba pasar mi lengua por la joroba de su flemón.
Me desenamoré mucho de mi novia el día que se le curó el flemón.

jueves, 18 de marzo de 2010

En busca de un final lírico (189)

"Los ricos y los pobres son aborrecibles. Odio a los pobres y estoy anhelando la hora de su exterminio. Siento un poco de lástima por los ricos, pero deseo su exterminio también. Las clases obreras, las clases comerciales, las clases profesionales, las clases adineradas, las clases gobernantes, son igualmente odiosas: no tienen derecho a vivir. Yo desesperaría si no supiera que están condenadas a muerte y que sus hijos no serán como ellos."
George Bernard Shaw en The Intelligent Woman's Guide to Socialism and Capitalism (1928)

martes, 16 de marzo de 2010

En busca de un final lírico (188)

Durante la última de las guerras civiles de Irlanda, el poeta Oliver Gogarty fue aprisionado por los hombres del Ulster en un caserón a orillas del Barrow, en el condado de Kildare. Comprendió que al amanecer lo fusilarían. Salió con un pretexto al jardín y se arrojó a las aguas glaciales. La noche se agrandó de balazos. Al nadar bajo el agua renegrida en la que reventaban las balas le prometió dos cisnes al río si éste lo dejaba en la otra ribera. El dios del río lo escuchó y lo salvó y el hombre cumplió el voto.
Jorge Luis Borges, el 14 de octubre de 1938.

viernes, 12 de marzo de 2010

En busca de un final lírico (187)

MIGUEL DELIBES
Y Miguel viene a casa, por la tarde, Miguel Delibes, y la gata se le sube, "que se te ha subido la gata, Miguel", y está levemente embarnecido, rejuvenecido de una gloria segunda, con ese optimismo que da la corbata, de pronto, a quienes habitualmente no la llevan, y fumando tabaco negro que le traen de Canarias -"por molestar, ya ves, caprichos"-, que ya no lía los pitillotes que liaba.
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Juega, y juega muy bien, al provinciano en Madrid. La gata, Ada o el ardor, se le ha subido y la soporta. "Que te va a llenar de pelos". "Que no, que es cariñosa". Miguel Delibes, que, como mi anterior Otero Besteiro y como todo hombre de madurez cumplida, ha comprendido que el único franciscanismo del mundo se hospeda en los animales aprendió de mí (yo que he aprendido tantas cosas de él) a soportar los gatos, que antes le parecían diabólicos.
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-¿Y el Rojito?
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-Al Rojito aún no te lo mereces, Miguel, y él lo sabe. Juega de momento, con la gata.
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Una vez me hablaba de un gato que se expresaba como su dueño muerto en la noche del velatorio. Impropio de un profesional de los bichos. Hace muchos años, venido yo a Madrid, le pedí un cuento para una revista en la que trabajaba, y me mandó Los santos inocentes, primer capítulo de una novela que ha dado lugar a una gran película de Mario Camus. Oscar Estruga ilustró el cuento. Miguel había viajado con Angeles por Extremadura e hizo el poema testimonial y sobrio, en prosa, de lo que allí pasa. Cuando Lara le anticipó unos millones por una novela, Miguel, después de pensárselo mucho, desarrolló aquel cuento y le salió una novela breve y genial, Los santos inocentes.
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-Y la picadura, Miguel, ¿por qué has dejado la picadura?
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-Porque en aquellos cigarrotes infames que yo me liaba y chupaba, había mucho más veneno que en estos cigarrillos con filtro.
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De todos modos, se me hace raro verle sacar la cajetilla y obtener un pitillo, como un ejecutivo. Los cigarros gordos, negros y precisos que liaba Miguel eran como la loseta de Venecia, en Proust, como los tres arbolillos algo que fijó el tiempo y perfumó la impaciencia de unos cuanto jóvenes vallisoletanos con inquietudes.
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-Qué pasó, Paco, qué paso el año sesenta, en Valladolid. Alonso de los Ríos, Pérez Pellón, Jiménez Lozano, Leguineche, Martín Descalzo. Tú te viniste a Madrid, casi todos os vinísteis a Madrid. Pero qué momento aquél, qué momento de El Norte de Castilla.
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-¿Y qué ha pasado con nosotros, Miguel? Que tú acaricias el recuerdo de una mujer impar, de la que yo mismo estaba enamorado. Que yo acaricio una gata enferma y dulcísima. Que todos somos Azarías, Miguel, inútilmente, innecesariamente dañados por la vida: "Milana bonita, milana bonita...".
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-Me vas a hacer llorar, Paco.
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-Poder decirle eso a un animal es toda la pureza y toda la ternura del mundo, Miguel, después de que tú y yo hemos vivido tanta vida. Azarías vive en el tiempo natural, no en el tiempo ficticio de la literatura y la política. Desde ahora, Miguel, le diré a mi gata: "Milana bonita, milana bonita...". Y no necesito otra cosa en la vida, Miguel.
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-Aquel año sesenta, Paco, qué pasó en Valladolid aquel año sesenta. Yo creía que era un problema de generaciones, Paco, que luego vendrían otros, pero no ha salido nadie. Ahora hacemos el periódico con robots, y el otro día se nos perdieron seis páginas en la pantalla, "se han volado, decían todos, se han volado" esto es cosa de brujas, y estuvimos toda la noche dando teclas, Paco, y no aparecieron las seis páginas.
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-¿Sigues muy vinculado a El Norte, Miguel?
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-Voy una vez por semana.
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Y saca un ejemplar de hoy mismo, hecho ya con computadoras, y me lo deja como al descuido. El periódico es ahora más pequeño y está lleno de blancos estéticos.
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-Recuerdo, Miguel, que yo le hablaba a Carlos Campoy de los blancos, y tú le decías a Carlos "Dile a Umbral que un periódico es tinta y no blancos; Umbral es un esteta".
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Rie, ríe con su risa de lobo bueno. Era todo él, tras una mampara que le separaba de la redacción (nunca quiso ocupar el despacho de director), una Facultad de Ciencias de la Información. La única que he conocido y respeto. Un día me lo dijo:
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-Mira, Pacorris, lo tuyo está muy bien, pero yo quisiera explicarte que hay un nivel literario, ensayístico, de libro, y un nivel periodístico, que es el nuestro.
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Sólo con esta lección me hizo periodista. Pacorris se convirtió en Francisco Umbral. Miguel, en casa, esta tarde, toma cualquier bebida inocua. El galán de un Hollywood montaraz se ha convertido en un elegante caballero que no aparenta los años y trae una chaqueta azul/sport de buen corte.
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-La neurastenia, Paco. Tengo momentos de bloqueo, de angustia, en que me es imposible escribir nada, ni casi vivir. Antes se producía con el avión. Ahora incluso con el automóvil.
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-El valium.
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-Se pasó el valium. Ahora tomo otras cosas. Cosas que, como entonces, me deshacen el nudo del pecho y me permiten, cuando menos, dormir.
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-Valladolid.
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-No puedo salir a la calle, Paco, siempre hay veinte pesados que quieren sobarme. Claro que basta cruzar el puente sobre el Pisuerga para estar en el campo, en diez minutos, y eso es importante para mí.
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-Aquel Valladolid.
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-Efectivamente, yo me paré en la infancia, como todo el mundo. Si un día vuelvo a escribir la novela de la pequeña burguesía provinciana, serán aquellos burgueses, los de entonces. A los de hoy es que ni siquiera los conozco ni sé por dónde van.
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-Pero tú prefieres escribir del campo.
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-Sí, me libera más.
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-¿Qué escribes ahora?
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-Una cosa de unos tíos que descubren un tesoro en Castilla. Parto de un caso real, pero aún no me he reconciliado con el tema. No sé.
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-¿De quién es hoy El Norte?
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-De un grupo de accionistas. Se opusieron a las operaciones de compra política. Lo único que le falta hoy, al Norte, eres tú, Paco.
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-Sedano.
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-El otro día se presentó un matrimonio muy culto, dispuesto a conocerme a fondo y tener conversaciones profundas sobre mi obra. Yo estaba fregando los platos y se lo dije: "Pasen a la cocina y vean que estoy fregando los platos para irme. Lo siento, pero no puedo atenderles".
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La escena, aunque no se lo digo a Miguel, me ha recordado uno de los textos de Henry Miller, en Big Sur. A Miller se le presentan, cuando está cambiando los pañales de su hija pequeña y tardía, unos cuantos hippies que le dicen: "Venimos aquí porque sabemos que en esta casa se practica la anarquía y el sexo". Miller les cierra la puerta. "En esta casa no se practica la anarquía ni el sexo. Esoy cambiando los pañales a mi niña pequeña. Lárguense". De la orgía anárquico/sexual se deviene enamorado de una niña en pañales, de una milana o de una gata con ojos entre Martha Toren y Charlotte Rampling, tristes y verdes.
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-¿Por qué matas bichos, Miguel?
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-Ya casi no mato bichos, Paco.
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(Miguel siempre ha tenido frente a mí una cierta mala conciencia de depredador.)
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-Mira mi gata. Mira qué guapa es. ¿Tú la matarías de un tiro?
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-No, por Dios, qué disparate. En Suecia me propusieron, muy ilusionados, una caza del gamo. 'No quiero matar un gamo, con esos grandes ojos que tiene, ni dejarle cojo para toda la vida", les dije, Paco, eso les dije.
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-Gracias, Miguel, en nombre de los gamos. Pero ya sabes, Miguel, porque te lo dije hace un año, que yo quiero un estornino. El estornino es negro, malvado y jaspeadito. Es el Baudelaire de los pájaros.
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-Es de locos, Paco, que quieras tener un estornino en una jaula. Lo más que puedes hacer es montar un palomar en tu pueblo. El estornino llega, echa a las palomas y se queda con todo. En Francia hay un proyecto para acabar con los estorninos y otros pájaros dañinos, lo cual me parece, asimismo, disparatado.
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- La perdiz.
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-La perdiz es cauta, sabia huidiza. Se la mata sin sentir. Lo malo es la liebre, Paco, la liebre que queda malherida y gime y hay que rematarla. Eso es horrible, Paco.
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-No me lo cuentes. Siempre te he dicho, Miguel, a ti que eres cristiano, que es más pecado matar una perdiz roja que beneficiarse a una señorita.
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Los santos inocentes ha resultado una película magistral. Lo mejor que daba en mucho tiempo el cine español. Mario Camus, de gran oficio artesano, está potenciado aquí por una historia excepcional. Lo que no ha descubierto el cine, en un siglo de vida, es que las películas funcionan cuando hay un escritor detrás. Los argumentos escritos en una cafetería, entre los cuatro amiguetes de la oficina de una productora, no funcionan nunca, por más estrellas que se le metan al reparto. El cine no es más que un heredero visual de la novela (de la novela clásica, de acción), y, en cuanto se sale de eso, se pierde entre el esteticismo y el oportunismo. Nadie puede hoy en España construir un guión tan sólido como Miguel Delibes, que no es guionista.
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-Y tuve que ocuparme de los diálogos, que eran un error.
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En Los santos inocentes, los personajes hablan justo y preciso, perfumados de color local. Hablan como Miguel Delibes ha hecho hablar a todos los campesinos de España.
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-¿Cuántas escopetas tienes, Miguel?
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-Una, y ni siquiera sé la marca.
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Se nota que le molesta el tema, hablando conmigo.
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-Lo normal -dice- es que un gran cazador cace con secretarios, de manera que siempre le tienen las escopetas preparadas, y caza las becadas por delante y por detrás.
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Siendo mucho más que un realista, Delibes cubre y cumple los expedientes del realismo novelesco mediante la construcción de historias muy ajustadas, muy graduadas, muy eficaces y convincentes. Esto le hace especialmente. apto para el cine y las traducciones, ya que su fábula, cada una de sus fábulas, es un cristal tallado que pasa íntegro a las imágenes o a otro idioma. Más que ser nuestro último gran realista, yo diría que Delibes hace de tal, pues si algo caracteriza esa convención llamada realismo es la neutralidad/nulidad estética de la prosa, y los libros de MD se sustentan en un juego de lenguajes aceradísimos- el del campesino, el de la vieja, el del pequeño burgués, el del propio narrador- que posibilitan la credibilidad de la fábula y la enaltecen artísticamete. Se ha estudiado mucho, en el mundo, la severa construcción novelística de MD (realismo). Se ha estudiado menos el juego, igualmente preciso y severo, de sus lenguajes (lirismo), estructura léxica en la cual se sustenta verdaderamente la narración, ya que la narración mal narrada, no narrada se borra sola (pues que nunca ha sido realmente escrita: se nos olvida), como tantas novelas incluso de Balzac.
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-¿Sigues con el rollo de los libros cortos, Miguel?
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-Sí, me parece que es lo que ahora quiere la gente. Aunque a la vista de tu último libro, tan largo y tan ameno, empiezo a dudar. Pero lo veo por mis hijos. Los mayores de 30 todavía leen, siempre están leyendo algo. Los pequeños sólo leen aquello que les pueda ser útil para su trabajo o su carrera.
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Miguel, el hermano mayor que la vida no me dio. En el estreno de la película, por la noche, me dice que no ve estrellas, y le presento a la más luciente de todas, María Luisa San José. En seguida se enrollan. Me cuenta Miguel que, en el rodaje de la peli, cuando los actores tenían que matar palomas, no alcazaban una: "Yo estaba detrás, riéndome, pero no me atreví a pedir una escopeta". En los ojos tristes y magníficos de la milana, como un oro enfermo, he visto los ojos de mi gata, Ada o el ardor, ojos enamorados, tristes y verdes. Enfermos. El burro del Rojito apenas se entera. Dijo Ruano que los animales son siempre niños, y este es el secreto de la ternura que nos promueven. La milana picoteando en el pecho panificado y dormido de Paco Rabal. No hay otra verdad en la tierra. Y Miguel viene a casa, por la tarde, Miguel Delibes, y la gata se le sube, "que se te ha subido la gata, Miguel", y está levemente embarnecido, rejuvenecido en una gloria segunda y como más callejeada que la primera. Se ha puesto corbata y los fuma liados:
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-El liarlos y chuparlos daba más cáncer, Paco.
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-El que fumaba en pipa era don Francisco de Cossío, Miguel.
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-Gran articulista, don Paco. Ruano, Pemán, Cossio, tú, tenéis ese don del artículo, Paco, que pocos tienen, que yo no tengo.
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-¿Cuántos artículos haces al mes, Miguel?
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-Uno, y no me sale.
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-Don Paco Cossío, Miguel; que era el hermano listo, vivía en un hotel modesto, por detrás de la Gran Vía, y bajaba por las mañanas a Chicote, que no había nadie, Miguel, a cubrir las pocas colaboraciones que le quedaban. Qué época aquella del Madrid de los sesenta, Miguel, en que don Paco iba algunas tardes al Gijón, a buscarme, para seguir charlando. Yo, en mi Trilogía, hago un retrato del otro Cossío, don José María, a quien traté mucho, y que tenía en la risa una nota verde de ranita de cuento. Don José María tenía más talento social, y brilló más, pero, como me decía una vez Marino Gómez-Santos, el escritor era don Paco. ¿Y qué ha pasado con nosotros, Miguel? ,
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-¿Y qué ha pasado con nosotros, Paco?
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-Pues ya lo ves, amor, que cubrimos todos nuestros objetivos, pero eso produce más tristeza que euforia, y yo estoy melancólico de la pura pena de no saber por qué, y tú estás neurasténico, Miguel. ¿Por qué dices neurasténico y no neurótico?
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-Porque lo que estamos es neurasténicos, Paco. Tu madre decía "neurastenia". Fernández Flórez escribió Visiones de neurastenia. La neurosis es ya una cosa más moderna, aunque crean que es la misma, Paco. La gente tiene neurosis, Pacorris. Tú y yo tenemos neurastenia. Cuidemos nuestra neurastenia, que a lo mejor es nuestro talento. ¿Qué ha pasado con nosotros, Paco?
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-Eso te lo preguntaba yo a ti, Miguel. Que hemos cubierto todos los objetivos que nos proponíamos desde El Norte de Castilla, pero estamos neurasténicos. Que tú tienes una becada de hijas dulcísimas a las que acariciar, Miguel, amor, y yo sólo tengo una gata enferma, con los ojos verdes y tristes de Martha Toren, ¿te acuerdas de Martha Toren, Miguel?, y cuando estoy a solas con ella la beso y lloro y le digo milana bonita, milana bónita.
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Francisco Umbral. Mis queridos monstruos ("El País", 7 de mayo de 1984)


"Ya nunca me verás mejor que ahora".

Historia de un neologismo.

jueves, 11 de marzo de 2010

“Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? Quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?Nihil ne te nocturnum praesidium Palati, nihil urbis vigiliae, nihil timor populi, nihil concursus bonorum omnium, nihil hic munitissimus habendi senatus locus, nihil horum ora voltusque moverunt?.”!

O sea:
“¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Cuándo nos veremos libres de tus insidias? ¿A qué extremos te arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la guardia nocturna del Palatino, ni la vigilancia diurna de la Ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este lugar donde se reúne el Senado, ni las frases y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves que tu conjura fracasa por conocerla ya todos? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que has hecho anoche y antes de anoche; dónde estuviste, a quiénes convocaste y qué resolviste?

¡Oh qué tiempos! ¡Qué costumbres! ¡El Senado sabe todo esto, lo ve el cónsul y sin embargo Catilina vive! ¿Qué digo vive? Hasta viene al Senado y toma parte en sus acuerdos, mientras que con la mirada anota a aquellos a quienes asigna la muerte. ¡Y nosotros, hombres fuertes, creemos satisfacer a la República, previniendo los consecuencias de su furor y de su espada! Hace tiempo, Catilina, que por orden del Cónsul debiste ser llevado al suplicio para sufrir la misma suerte que contra todos nosotros maquinas...” .

Marco Tulio Cicerón

martes, 9 de marzo de 2010

En busca de un final lírico (186)

(Natalie) Wood fue encontrada al día siguiente, a más de un kilómetro del barco y con el camisón puesto. La versión oficial es que la actriz se dio cuenta de que el bote estaba suelto y, al agacharse para volver a atarlo al barco, se resbaló y cayó. En el momento de la investigación pesaron poco los relatos de los protagonistas de aquella noche, pero cuando el guardacostas de Los Ángeles le preguntó a Wagner por qué esperó hasta las cinco de la mañana para avisar de la desaparición de su esposa si no la encontraba desde medianoche, él dijo: "Porque probablemente estaba de fiesta en algún otro barco. Ésa es la clase de mujer que es... Y yo no quiero que eso se haga público".

viernes, 5 de marzo de 2010