miércoles, 28 de abril de 2010

En busca de un final lírico (195)

Los ángeles de la prisa

Espíritus de seis alas,
seis espíritus pajizos,
me empujaban.

Seis ascuas.

Acelerado aire era mi sueño
por las aparecidas esperanzas
de los rápidos giros de los cielos,
de los veloces, espirales pueblos,
rodadoras montañas,
raudos mares, riberas, ríos, yermos.

Me empujaban.

Enemiga era la tierra,
porque huía.
Enemigo el cielo,
porque no paraba.
Y tú, mar,
y tú, fuego,
y tú,
acelerado aire de mi sueño.

Seis ascuas,
oculto el nombre y las caras,
empujándome de prisa.

¡Paradme!
Nada.
¡Paradme todo, un momento!
Nada.

No querían
que yo me parara en nada.

De: Sobre los ángeles. RAFAEL ALBERTI

viernes, 23 de abril de 2010

Jolene



Consuelo, Consuelo, Consuelo, Consuelo,
Te suplico que no seduzcas a mi amor,
Consuelo, Consuelo, Consuelo, Consuelo,
No te lo quedes como un capricho más.

Tu belleza no me produce ningún consuelo
Con tu llameante melena colorada,
Con tu piel y tus verdes ojos aterciopelados,
Tu sonrisa me hace respirar la primavera,
Tu voz es tan suave como la lluvia de verano,
No puedo competir contigo, Consuelo.

Él balbucea sobre ti mientras duerme.
Sé que no puedo hacer nada
Para dejar de llorar cuando él te nombra, Consuelo.

Entiendo perfectamente que tú
Puedes fácilmente arrebatarme a mi hombre,
Pero tú no entiendes lo que él es para mí, Consuelo.

Consuelo, Consuelo, Consuelo, Consuelo,
Te suplico que no seduzcas a mi macho,
Consuelo, Consuelo, Consuelo, Consuelo,
No te lo quedes sólo porque tú seas capaz.

Tú puedes elegir al hombre que quieras,
Pero yo nunca más podré volver a amar,
Él es mi único amor, Consuelo.

Yo te he buscado para hablarte,
Mi felicidad depende de ti
Y de lo que te plazca decidir, Consuelo.

Consuelo, Consuelo, Consuelo, Consuelo,
Te suplico que no seduzcas a mi tronco,
Consuelo, Consuelo, Consuelo, Consuelo,
Please, no te lo lleves aunque puedas,
Consuelo, Consuelo.



Más:

miércoles, 21 de abril de 2010

martes, 20 de abril de 2010

Primavera gótica con huevos de pato


Fotos tomadas por Ana Bratz en Peñafiel en la orilla del río Duratón

domingo, 18 de abril de 2010

En busca de un final lírico (194)



Madrid parece ser un sitio muy sugestivo para el encamamiento de los escritores. Arriba: Vicente Aleixandre, Juan Carlos Onetti, Ramón del Valle-Inclán.

viernes, 16 de abril de 2010

miércoles, 14 de abril de 2010

Visiones

Pregunta Juan Cruz, contesta Cabellero Bonald.

Incluso bajó al infierno en Colombia. En la facultad donde yo enseñaba literatura había un geógrafo que me preguntó un día si me interesaba conocer al anticristo. Me llevó a un tugurio terrible, maloliente, con unas putas viejas asomando por unos nichos, una cantina inmunda al sur de la ciudad de Bogotá. Recorrimos un pasadizo y llegamos a un patio en el que había un bulto cubierto por una arpillera. El geógrafo le dio unas monedas a una vieja para que descubriera el bulto y era una especie de Polifemo, una criatura de cabeza enorme, con ese solo ojo ocupando media cara. Horrendo. Nunca he visto en mi vida nada más espantoso. Y ese era el anticristo, según mi colega de la facultad. Enseguida me di cuenta de que ya no podría ser el mismo que antes de verlo, aquel monstruo me dejó una huella que conservo después de tantos años…

¿No se arrepintió nunca de haberlo visto? Sí, puede ser. En todo caso me pareció una lección que no estaba mal haber recibido, aunque fuera infernal. Creo que ahí tuve una sensación de irrealidad, de alucinación que se me ha repetido con alguna frecuencia y que conté también en las memorias. Por ejemplo, cuando fui a París por primera vez a pasar un semestre. En la estación de Saint Nazaire le pregunté a un mozo de cuerda que si sabía de algún hotel económico por allí cerca. Me dijo que allí al lado, en la Rue Amsterdam, había un hotel con ese nombre, un hotel bastante modesto. Pregunté si había habitación y una señora me dijo que sí, que dejara la maleta y luego fuera a inscribirme. Me condujo a la habitación y al cabo del rato me llamó la señora: "Monsieur Cabalego Bonald, au téléphone". ¿Cómo era posible? Si nadie sabía que estaba allí, si no le había dado el teléfono a nadie, ni me había inscrito todavía, ¿cómo sabían mi nombre? Me fui hasta el aparato telefónico, oí unas voces entrecruzadas, pero no alcancé a entender nada. Volví a la habitación y me quedé anonadado porque realmente ese episodio no tenía explicación de ninguna clase. Son cosas que no se te olvidan nunca.
Toda la entrevista, aquí.

sábado, 3 de abril de 2010