miércoles, 28 de marzo de 2012

14 de agosto de 2058

14 de agosto de 2058

- Me acusa usted, poeta Orellana, de que el otro día le colgué el teléfono, dejándole con la palabra en la boca, etcétera, etcétera. Pues sí, es cierto. Estaba boquiabierto. Ése era el último día que me había fijado para encontrar el aleph. Había seguido, como método de trabajo, aquello tan famoso que dijo alguien (Baudelaire, Picasso quizá, y puede que muchos otros luego, y antes): "que la inspiración te sorprenda trabajando". Días y días dedicado, despreocupadamente, con la confianza de un niño de derechas, a ver si conseguía de una vez colocarme en el lugar justo, exacto, ya sabe, lograr el punto de vista que me permitiera adentrarme en la visión global, totalitaria, diacrónica y sincrónica y futuróloga, qué puñetas, del universo.
Era un hermoso día de agosto. El PIB llevaba 47 años de crecimiento ininterrumpido, como un jabato, a una media del 8 % anual, la inflación estaba tan controlada como podía estarlo, incluso se sospechaba que nadie sabía lo que significaba antes esta palabra (ahora, es obvio decirlo, se utiliza para indicar la hinchazón de la glándula lírica), ya nadie pedía en los bares bebidas analcohólicas, la gente no utilizaba casi nunca ningún teléfono, se comunicaban telelíricamente. Los tipos de interés vivían pletóricos, era una gozada ver cómo evolucionaban. Aquello era la gloria bendita, coño.

- Por eso se me puso esa mirada de espanto. Por eso, la vecina aúlla salvajemente, porque intuyó un día, en la cola de la pescadería, que yo había vislumbrado el aleph. No lo sabe todavía, ay, pero por eso me esquiva Consuelo, my sweet.

- Nichito, amorcito, a ver si dejas de mirarme con esa mirada de besugo, hijo.

Y se dio la vuelta.

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